Rótulo

EN BUSCA DEL '606'

Saliendo de Paris de noche, al amanecer se despierta en plena tierra alemana, de cuyo cambio se da uno cuenta por la presencia de unos mocetones con banderola, rubios, casi albinos, que con gritos enormes hacen saber a los viajeros que han llegado a la Aduana.

Después se ve la campiña brumosa e igualmente verde, que da la impresión de nuestra Asturias, aunque con tono más glacial y más triste. De esta monotonía, sólo interrumpida por el paso del Rhin y del Maine, nos saca nuestra llegada a Francfort. Pálido es lo que nos refiere la obra del mismo nombre para facilitarnos la llegada a Speyerhause, mansión señorial del profesor Ehrlich, en donde se guarda la preciada joya. Como nadie habla más que alemán, que es precisamente lo que nosotros no podemos comprender, los pocos españoles que hemos venido, la peregrinación a Speyerhause resulta más laboriosa que a la Meca. Gracias a una carta dirigida a mí antes de marchar, por Ehrlich, y enseñada a todo el pueblo, pudimos llegar. Debe ser un consuelo para los que dicen que ni aún en Madrid se le conoce a Cajal, pues en Francfort tampoco la generalidad conoce a Ehrlich. Speyerhause es, sencillamente, una Policlínica. Un filántropo aquí nacido, con instintos altruistas, legó al Estado este Instituto, el cual recuerda algo a nuestro San Juan de Dios, por su forma de pabellones, salvando la arquitectura, algo extraña. En esta Policlínica no falta un pabellón con enfermos de avariosis de uno y otro sexo, y una consulta mixta, de pago y gratuita, en donde se hacen las experiencias. Anexo al Hospital existe el Laboratorio de Higiene pública, de donde Ehrlich es profesor. Como llegamos en domingo a nadie encontramos. Estaba el Hospital más guardado que una fortaleza.

En la lección del lunes, que fue muy fructífera, nos presentaron los casos clínicos en tratamiento y los ya casi curados. Y ahora, ya de lleno en el asunto, empezaremos a fijar bien los términos para luego llegar con base a las conclusiones. Hay que ir muy despacio en este asunto, juzgarlo desapasionadamente y concretarnos a discutir hechos. Creo que en la ciencia se debe prescindir en absoluto de fantasías. Así que, empezando por la preparación, diremos que no es lo que ahí se ha venido diciendo: que era una disolución o una emulsión; es sencillamente una mezcla del producto contenido en el tubo y la lejía de sosa y agua destilada, las cuales en ningún caso hacen variar el color de dicha mezcla, que siempre queda amarilla opaca. Esta mezcla, hecha en un mortero, es tan densa y tan poco soluble, que suele ocurrir con frecuencia lo que ocurrió ayer: que se obstruyó la aguja por dos veces y tuvo que sufrir el enfermo dos pinchazos.

Este detalle, como se ve, tiene gran importancia, pues viene a aclarar lo que tanto se ha dicho: de que el preparado lo hacía incoloro la adición de los demás. De la técnica ya se ha dicho tanto que nada nuevo hay que decir. Y ahora vamos al otro punto, punto el más capital, pues es el enfermo. Se puede asegurar ya categóricamente por el parecer unánime de todos los asistentes, que no curará a todos, como se ha asegurado, como tampoco cura a todos ningún medicamento en otras dolencias.

De otra manera, no sólo no cura, sino que puede perjudicar en las lesiones, con destrucción de los centros nerviosos. El mismo Ehrlich, que al principio lo mandó a las Clínicas francesas de Neurología, hoy cree que no se debe usar hasta estudiar mejor el asunto.

Lo mismo sucede con las lesiones avanzadas de los vasos y el corazón. En las lesiones secundarias de la piel y las mucosas, el efecto es realmente sorprendente y maravillosa la rapidez de su acción. También es de discutible resultado en las lesiones de los huesos. Se ha visto un enfermo con enormes cicatrices en las tibias, curadas con una sola inyección. Ésta, que era una lesión de una persistencia desesperante, si se logra curarla con el '606', se acredita la fama mundial del preparado. Otros casos hemos visto; pero serán objeto de otra crónica.

De esta primeras impresiones se saca la consecuencia de que puesta la primera piedra para la construcción del gran edificio que se llama Quimioterapia.

Antonio Navarro Fernández. Francfort. El Liberal, Miércoles 12 de octubre de 1910, p. 4.

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