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EL '606' EN MADRID

Ha tenido EL IMPARCIAL la fortuna de ser el primer periódico español que ha transmitido al público la noticia del admirable descubrimiento del Dr. Ehrlich. Nuestro eminente colaborador científico, el Dr. Verdes Montenegro, continuando una tradición que honra nuestras columnas, nos transmitió, en uno de sus artículos, esa grande, sorprendente y confortadora novedad. Un sabio de Alemania había encontrado un medio de acción poderoso contra los microbios que más daño causan a los hombres. El estudio incesante da a los germanos esta gloria. Krupp inventa los proyectiles que deshacen legiones de soldados. Koch y Ehrlich inventan los productos químicos que destruyen las miriadas de miriadas de microbios que invaden el organismo humano.

La avariosis —pseudónimo  con que se disfraza una enfermedad vergonzosa y siniestra— estaba vencida. La Humanidad había ganado un nuevo estadio a la muerte.

Días después recibimos un artículo del Dr. Bandelac de Pariente, médico de la Embajada Española en París. El Sr. Bandelac exponía en aquel artículo, que honró nuestras columnas, sumarias y modestísimas referencias de su viaje a Francfort.

Pocos días hace que ha llegado a Madrid este distinguido profesor de español, que goza de merecido renombre en la capital de Francia. Nos ha concedido el honor de visitarnos y de referirnos interesantes detalles respecto a la obra maravillosa del insigne bacteriólogo de Francfort.

Anoche conversamos largamente con el Dr. Bandelac, y accediendo a nuestra solicitud, redactó unas cuartillas que a continuación publicamos y que ciertamente serán leídas con interés.

En la clínica de Ehrlich (Relato del doctor Bandelac)
Aunque mis constantes sacrificios por el progreso de la Ciencia justificarían en todo caso el que mi humilde nombre sonara, como uno de tantos, en torno de la gloria del profesor Ehrlich, no me habría permitido comunicar al público la admiración que me inspira aquel maestro, si razones especialísimas no me hubieran puesto en el trance de escribir y hablar como testigo de un triunfo merecedor de la gratitud universal.

Comenzaré dando gracias a El IMPARCIAL por haber insertado el día 12 de este mes las páginas que desde Francfort les remití.

Y ahora he de explicar los motivos por los que hoy me hallo en Madrid, autorizado por el Dr. Ehrlich para emplear su procedimiento.

Cuando S.M. el rey de España D. Alfonso XIII regresaba de Inglaterra tuve el honor de ofrecerle mis respetos. El rey me preguntó qué novedades científicas se discutían y eran motivo de estudio en laboratorios y clínicas. Sin duda el rey me invitaba así a hablarle de la trascendental invención de Ehrlich que él, lector de la Prensa, conocía sin duda, cuando me hizo la merced de interrogarme.

Entonces dijo a S.M. el rey que acababa de ser comunicada al público una importantísima y trascendental reforma en los procedimientos curativos de la sífilis. Di cuenta a S.M. de los artículos publicados en revistas médicas, en los que se examinaba el descubrimiento del doctor Ehrlich.

Su majestad el rey apreció, desde luego, la importancia del descubrimiento, y me hizo el honor de indicarme que le sería grato que yo fuese a Francfort para estudiar los felices ensayos del Dr. Ehrlich  y le comunicase el resultado de mis investigaciones. El rey tenía una noción exacta de los méritos del maestro de Francfort, y el respeto que le inspiraba el justo renombre de este investigador esclarecido determinaba en él una absoluta confianza en lo que la Prensa decía. En aquellos días los periódicos de Alemania, Inglaterra y Francia dedicaban sus primeras columnas a los procedimientos del maestro Ehrlich.

El rey me manifestó su vivo deseo de que, si como él creía seguro, dada la autoridad del inventor, se comprobaban las excelencias y virtudes de su descubrimiento, fueran aplicadas prontamente en los hospitales españoles.

Cumpliendo tan relevados anhelos, salí aquel mismo día para Francfort.

En mi artículo de EL IMPARCIAL he expuesto la síntesis de mi viaje. Encontré en el doctor Ehrlich una grata acogida. Rodeábanle centenares de médicos de todas las naciones. El maestro, con una cortesía admirable, procuraba hacer compatibles sus trabajos de clínica y laboratorio con aquella invasión de nobles ansias de la ciencia universal, que sufría remordimientos por cada hora que transcurriese sin que irradiara la novedad salvadora.

No era difícil mi misión. El rey de España me abrió el camino. Llegué rápidamente a comunicar con el doctor Ehrlich. Mi conferencia fue breve. Dije al insigne innovador que el rey D. Alfonso XIII deseaba adquirir noticias de su invento para que lo más rápidamente posible llegaran sus salutíferas consecuencias a los hospitales españoles, si mi observación en las clínicas robustecía el dictamen ya aceptado por tantas eminencias.

El doctor Ehrlich dedicó al rey de España palabras de reconocimiento por la rapidez con que  había procurado enviarle un médico español que le informara de sus estudios. Y en correspondencia de esta solicitud tan noble, reveladora de que el rey de España seguía atentamente los progresos de la medicina, el doctor Ehrlich me otorgó todas las facilidades investigadoras, todos los medios de aprendizaje y, por fin, la manera eficaz de que en España se lograran las ventajas de su procedimiento.

En mi artículo, publicado en EL IMPARCIAL el 12 de septiembre, se apuntan los detalles esenciales de mi estancia en Frankfort. Allí constan las referencias de lo que vi y los fundamentos de mi convicción de que la más terrible y extendidas de las dolencias que la humanidad sufre, va a ser aniquilada por las inyecciones del doctor Ehrlich.

En Francfort encontré al ilustre profesor español doctor Huertas, una de las más altas glorias de la Medicina española. De paso por Francfort detúvose allí, animado de su constante curiosidad científica, a visitar la clínica del doctor Herxheimer. También saludé allí al doctor Marañón, que llevaba tres meses trabajando en el laboratorio de Speyer.

Es difícil transmitir a los lectores de un periodo la doctrina científica en que se fundan los procedimientos del maestro Ehrlich. Sólo diré que el 606, tal como lo entrega su inventor, es un polvo amarillento, de apariencia semejante al azufre y con el que por manipulaciones delicadísimas, se prepara una emulsión en el momento mismo en que la inyección ha de operarse. No se puede conservar esa emulsión más allá de 60 minutos después de haberla dispuesto. Sobrevienen alteraciones rápidas que son causa de fracaso en la aplicación.

Ya dije en mi artículo (publicado en EL IMPARCIAL el 12 de septiembre) las condiciones operatorias. La dosis de la inyección varía de dos centígramos a sesenta centígramos del polvo, equivalentes en la emulsión de dos centímetros cúbicos a diez centímetros cúbicos.

Los efectos por mí observados en la clínica del maestro Ehrlich son asombrosos.

Su majestad el rey ha dado las órdenes necesarias para facilitar la aplicación de este remedio en los hospitales, donde se aplicará en colaboración con los médicos y encargados de los servicios especiales.

Es probable que las primeras aplicaciones del 606 se hagan mañana miércoles en el Hospital militar de Carabanchel.

Antes de que sea operado el enfermo, son necesarios reconocimientos de especialistas que garanticen que no hay contraindicaciones peligrosas. Sin esos reconocimientos no debe ser practicada la inyección.

La ciencia ofrece garantías bastantes para que no se proceda a ciegas. La reacción de Wassermann asegura que si es procedente la inyección Ehrlich. Y aún hay otra garantía suprema: la reacción Stern, suprema y definitiva definición del logaritmo del paciente. Una vez obtenidas estas pruebas, la inyección Ehrlich triunfa.

No permaneceré en Madrid sino el tiempo absolutamente necesario para que se aprecien los resultados del nuevo procedimiento. Imperiosas obligaciones me restituyen a París, no sólo por mi puesto de médico en la Embajada, sino por los requerimientos de mi clientela.

Gracias a las iniciativas de S.M. el rey y a las facilidades que por su intervención se han obtenido, sabremos pronto a qué atenernos en cuanto a la eficacia del famoso 606, que hoy es objeto de curiosidad en todo el mundo y de la excitación febril en las más renombradas clínicas.

He cumplido una orden del rey. He transmitido a España los resultados de mi investigación. Pronto me reintegraré a mis obligaciones, satisfecho de haber, generosamente, facilitado la divulgación de una novedad médica, por la que tantos desventurados pueden librarse del dolor y reintegrarse a la salud y a la vida.

Dr. Bandelac de Pariente (Médico de la Embajada de S.M. en París).
Bandelac de Pariente, A., El Imparcial, Martes 20 de septiembre de 1910, p. 1

Proyecto de investigación "La imagen de la medicina a través de la prensa diaria' El Imparcial' y 'Las provincias' (1898-1930) (HAR2008-04023) historiadelamedicina.org